Ornado con una cofia, y pleno de clemencia,
un discípulo del difunto cocinero Vatel,
en el patio de su amplio hotel,
a sus perros daba audiencia.
“En vosotros –les decía– no he dejado de pensar;
“os amo y mi amor os destina
“las sobras de mi cocina: ”
¡este rico hueso, que de roer no podréis dejar!”
“Pero solo uno obtendrá este insigne favor;
“soy justo, y voy a dárselo al que sea mejor.
Abierto está el concurso; defended vuestro premio.”
Un perro de aguas, célebre por su ingenio,
de un grupo canino antaño protagonista
saltó de inmediato con una voltereta en la pista;
se paseó entre todos con aspecto triunfador;
ladró, se hizo el muerto, saludó al emperador.
Un dogo exclamó: “¡Qué importa tu agilidad!
“En esta casa, soy yo quien no para de vigilar.
“Mi amo, no olvidéis que un ladrón imprudente
el año pasado cayó entre mis dientes”.
Un caniche decía: “Valiente y sin pudor,
“hace diez años que giro vuestro asador;
“para vos, con un pequeño saco,
en la tienda del vecino compro tabaco”.
“Yo adoro –aulló Tayaut– la fanfarria sonora;
“en la caza, ¿me visteis entre los rezagados?
“Me debéis al menos cien liebres, veinte venados;
“soy sobrio, sumiso; el que nunca devora
“la perdiz que con esfuerzo atrapé.”
Al final, ¿quién royó el hueso? ¡Fue un viejo basset!
Como un diputado del centro antaño lo hizo,
como ya sin sonrojarse lo harán mañana,
ante el cocinero se arrastró por el piso,
le lamió los pies y… logró que abriera la mano.
Héroes de refectorio, bassets de grandes señores,
esta es vuestra historia: la de viles aduladores.
hola, me ha gustado mucho la fabula, tantas me dallas se pusieron todos, que basset con sólo un lametazo se quedó con el hueso.
ji ji
Gracias por el comentario.
Un saludo.
Esteban.