El león y el cuervo

Un león recorría sus dominios inmensos,
por un noble orgullo sometido.
Sin furia, devoraba súbditos de a cientos.
Buen príncipe, ¡después de haber comido!
No andaba solo; en torno a su melena
se reunían lobos, leopardos y tigres,
jabalíes y panteras; se dice que las liebres
iban por detrás con cautela.
Ocurrió que el monarca, cierta tarde,
sermonear quiso a la plebe y a su corte:
“Ilustres compañeros, sustento de mi gala,
“cuadrúpedos sumisos a mi noble quijada,
“para escucharme, a este lugar venid todos.
“Ya veis: ¡soy el rey por la gracia de Dios!
“Yo podría… pero en mi fuerza mejor no pensar”.
Luego, el león, habilidoso al hablar,
mejor que un gran abogado,
como un ingenioso procurador,
mencionó sus deberes, las cargas del Estado,
la nueva Carta, los perros y su pastor,
y lo mal que hablan de él los tontos tan seguido.
Terminó con estas palabras, cada vez más conmovido:
“Dejé raudo mi palacio a fin de complaceros;
“Exponed vuestros reclamos, y veré de resolverlos.
“Toros, carneros, cabritos, contad con mi bondad.
“Os escucho; hablad con plena libertad.
“¿Cómo? ¿Acaso en este vasto recinto,
“no hay un solo infeliz, ni un solo lamento…?
“Entonces, un viejo cuervo lo interrumpió,
y libre desde el aire le respondió:
“Los consideráis satisfechos; su silencio os toca,
¡Oh! ¡Gran rey… es el terror que les cierra la boca!”.

 

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