Fluido universal (R.E. Marzo 86)

Sabemos que todas las materias animales contienen como principios constitutivos el oxígeno, el hidrógeno, el nitrógeno y el carbono, combinados en diferentes proporciones. Ahora bien, como hemos dicho, esos cuerpos simples tienen un principio único, que es el fluido cósmico universal. Mediante sus diversas combinaciones, forman todas las variedades de sustancias que componen el cuerpo humano: el único al que nos referimos aquí, si bien ocurre lo mismo en el caso de los animales y las plantas. De ahí resulta que el cuerpo humano sólo es, en realidad, una especie de concentración, de condensación o, si se prefiere, de solidificación del fluido universal, como el diamante es una solidificación del gas carbónico. En efecto, supongamos que todas las moléculas del cuerpo se desagregaran por completo: encontraríamos oxígeno, hidrógeno, nitrógeno y carbono. En otras palabras, el cuerpo se habría volatilizado. Si esos cuatro elementos fueran llevados a su estado primitivo mediante una nueva y más completa descomposición –en caso de que nuestros medios de análisis lo permitieran–, encontraríamos el fluido cósmico. Ese fluido, dado que es el principio de toda materia, también es materia, aunque en un estado completo de eterización. Un fenómeno análogo ocurre con la formación del cuerpo fluídico o periespíritu: también es una condensación del fluido cósmico en torno a un foco de inteligencia o alma. Pero aquí la transformación molecular se opera de otra manera, pues el fluido conserva su imponderabilidad y sus cualidades etéreas. El cuerpo periespiritual y el cuerpo humano tienen, pues, origen en el mismo fluido; ambos son materia, aunque en dos estados diferentes. Por lo tanto, tenemos razón al decir que el periespíritu tiene la misma naturaleza y el mismo origen que la materia más grosera. Como se ve, en él no hay nada sobrenatural, ya que por su principio se vincula a las cosas de la naturaleza, de las cuales sólo es una variedad. El fluido universal es el principio de todos los cuerpos de la naturaleza, animados e inanimados, y, por consiguiente, también de la tierra y las piedras. Por eso Moisés estaba en lo cierto cuando dijo: “Dios formó el cuerpo del hombre con el lodo de la tierra”. Pero eso no quiere decir que Dios tomó la tierra, la amasó y modeló con ella el cuerpo del hombre, como se modela una estatua con la arcilla, conforme han creído aquellos que toman las palabras bíblicas al pie de la letra. Lo que quiere decir es que el cuerpo estaba formado con los mismos principios o elementos que el lodo de la tierra, o que habían servido para formar ese lodo. Moisés agregó: “Y Dios le dio un alma viviente, hecha a su semejanza”. De ese modo, hace una distinción entre el alma y el cuerpo; indica que el alma posee una naturaleza diferente; no es materia, sino que es espiritual e inmaterial como Dios. Él dijo: “un alma viviente”, para especificar que solamente en ella se encuentra el principio de la vida, mientras que el cuerpo, formado de materia, no vive por sí mismo. Estas palabras: a su semejanza, implican una similitud y no una identidad. Si Moisés hubiera considerado que el alma era una porción de la Divinidad, habría dicho: “Dios lo animó dándole un alma extraída de su propia sustancia”, tal como dijo que el cuerpo había sido extraído de la tierra. Estas reflexiones son una respuesta a las personas que acusan al espiritismo de materializar el alma por el hecho de que le agrega una envoltura semimaterial.

 

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